MITOS COSMOGÓNICOS DE DISTINTAS CULTURAS
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En este apartado serán
analizados algunos mitos cosmogónicos (que se ocupan del origen del mundo) de
distintas culturas del mundo. La mayoría de ellos tienen elementos comunes,
pero lo que no se puede poner en duda es que todos ellos cumplen las mismas
funciones en los distintos pueblos: ofrecían una visión integradora del mundo,
aseguraban la tranquilidad psicológica de los partícipes en la creencia
colectiva (facilitando el tránsito del estupor a la comprensión) y a la vez la
elaboraban las señas de identidad necesarias para la vida en comunidad.
EL MITO ROMANO DE LA
CREACIÓN
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Antes del mar, de la
tierra y del cielo que lo cubre todo, la naturaleza ofrecía un solo aspecto en
el orbe entero, al que llamaron Caos: una masa tosca y desordenada, que no era
más que un peso inerte y gérmenes discordantes, amontonados juntos, de cosas no
bien unidas. Ningún Titán ofrecía todavía luz al mundo, ni Febe renovaba
creciendo sus nuevos cuernos, ni la tierra se encontraba suspendida en el aire
que la rodeaba, equilibrada por su propio peso, ni Anfitrite había extendido
sus brazos por los largos límites de las tierras. Y aunque había allí tierra,
mar y aire, inestable era la tierra, innavegable era el mar y sin luz estaba el
aire: nada conservaba su forma, cada uno se oponía a los otros, porque en un
solo cuerpo lo frío luchaba con lo caliente, lo húmedo con lo seco, lo blando con
lo duro y lo pesado con lo ligero. Esta disputa un dios, o más bien la
naturaleza, la dirimió, pues escindió las tierras del cielo, las aguas de las
tierras y separó el límpido cielo del aire espeso. Y después que los desplegó y
los sacó de la masa oscura, los unió en sitios separados con paz armoniosa. La
fuerza ígnea y sin peso del cielo convexo brilló y se buscó un lugar en lo más
alto de la bóveda; cercano a él por su ligereza y situación está el aire; más
densa que ellos, la tierra arrastró consigo los elementos pesado y quedó
apretada por su propia gravedad; y el agua que la rodea ocupó la parte final y
abarcó el disco sólido.
Cuando el dios,
quienquiera que fuera, hubo de ordenado así la masa, la dividió y, una vez
dividida, la distribuyó en partes; primero a la tierra, para que no quedara
desigual por todas partes, la enrolló bajo la figura de un enorme globo;
después, ordenó que se dispersaran los mares, que se inflaran de rápidos
vientos y rodearan las costas de la tierra circular. Añadió fuentes, inmensos
estanques y lagos, y encauzó el raudal de los ríos entre riberas tortuosas:
éstos son absorbidos en parte por la misma tierra en diferentes lugares, en
parte llegan al mar y, recibidos en llanura de aguas más extensas, golpean los
litorales en lugar de las riberas. Ordenó también que se dilataran los campos,
se hundieran los valles, los bosques se cubrieran de hojas y se elevaran los
montes pedregosos. Y como hay dos zonas que cortan el cielo por la derecha,
otras dos por la izquierda y una quinta es más tórrida que éstas, así el celo
de Dios dividió la masa inclusa en igual número y otras tantas zonas quedan
marcadas sobre la tierra.
De ellas, la central no
es habitable a causa del calor; espesa nieve cubre a otras dos; entre ambas
situó otras tantas, y les dio un clima templado, de claro mezclado con frío.
Por encima está el aire, tanto más pesado que el fuego cuanto más ligero que la
tierra y que el agua. Ordenó que allí estuvieran las nieblas, allí las nubes y
los truenos que perturbaban la mente de los hombres y los vientos que producen
relámpagos y rayos. El Hacedor del mundo no permitió a los vientos ocupar el
aire a su gusto; todavía ahora cuesta impedirles que destrocen el mundo, aunque
cada uno dirige sus soplos en regiones distintas: tan grande es la discordia
entre los hermanos. El Euro se retiró a la Aurora, a los reinos nabateos, a
Persia y a las cumbres que se extienden bajo los rayos matutinos; el véspero y
las costas que se calientan con el sol de poniente están cercanos al Céfiro. El
frío Bóreas ocupó Escitia y los Siete Triones; la parte opuesta de la tierra se
humedece con las asiduas nubes y la lluvia del Austro. Por encima de estos
colocó al límpido éter, que carece de peso y no contiene nada de las heces de
la tierra.
Apenas había marcado
así todo dentro de límites fijos, cuando los astros, que habían estado mucho
tiempo oprimidos por ciega oscuridad, empezaron a hervir por todo el
firmamento; y para que ninguna región estuviera sin sus seres vivos, los astros
y las figuras de los dioses ocuparon el suelo celeste, las aguas tocaron a los
brillantes peces para vivir allí, la tierra recibió a las fieras y a las aves
el aire movible.
Un ser más sagrado que
éstos y más capaz de una mente profunda faltaba todavía y que pudiera dominar
sobre lo demás: nació el hombre, al que o lo creó de semen divino el Hacedor
del mundo, origen de un mundo mejor, o la tierra reciente y separada hacía poco
del elevado éter retenía el semen de su pariente el cielo, a la que el vástago
de Yápeto mezclándola con agua de lluvia modeló en forma de figura de dioses
que lo gobiernan todo. Y mientras los demás animales miran inclinados a la
tierra, dio al hombre un rostro levantado y le ordenó que mirara al cielo y
levantara el rostro alto hasta las estrellas. Así la tierra, que hacía poco
había sido tosca y sin forma, cambió y se revistió de figuras humanas desconocidas.
EL
MITO ESCANDINAVO DE LA CREACIÓN
En los tiempos en que
nada existía, se abría en el espacio un vasto y vacío golfo llamado Ginnunga.
Tenía una longitud y anchura inconmensurable y su profundidad estaba más allá
de toda comprensión. No había costa, ni tampoco olas; porque aún no había mar y
la tierra no estaba formada ni tampoco los cielos. Allí en el golfo estuvo el
principio de las cosas. Allí por primera vez amaneció. Y en el perpetuo
crepúsculo estaba el Padre, que gobierna todos los reinos y se mueve entre
todas las cosas grandes y pequeñas.
Primero se formó, hacia
el norte del golfo, Nifelheim, la inmensa casa de oscuridad nebulosa y frío
helador, y en el Sur, Muspelheim, la casa luminosa del calor y de la luz. En
medio de Nifelheim estalló la gran fuente de donde todas las aguas fluyen y
luego retornan. Se llama Hvergelmer, la “caldera rugiente”, y de allí
surgieron, al comienzo, doce tremendos ríos llamados Elivagar, que fluyen hacia
el Sur, hacia el Golfo. Una vasta distancia atravesaron desde su nacimiento y,
entonces, el veneno que arrastraban con ellos empezó a endurecerse como lo hace
la escoria que corre por una superficie, hasta que se congelaron y se
convirtieron en hielo. Allí los ríos crecieron en silencio y dejaron de
moverse, y los gigantescos bloques de hielo permanecieron juntos.
El vapor se elevó del
hielo envenenado y se congeló en forma de escarcha; capa tras capa se fueron
amontonando en formas fantásticas una sobre otras. Esa parte del golfo que se
extiende hacia el Norte era la región del horror y de la lucha. Fuertes masas
de vapor negro rodearon el hielo, y dentro estaban chirriantes torbellinos que
nunca cesaban, y bancos de huidiza niebla. Pero hacia el Sur Muspelheim
brillaba con radiación intensa, y mandaba bellas llamas y chispas de fuego
brillante. El espacio que había en medio de la región de las tempestades y de
la oscuridad y de la región del calor y de la luz era un crepúsculo pacífico,
sereno y tranquilo como el aire sin viento. Ahora, cuando las chispas de Muspelheim
cayeron a través del vapor congelado, y el calor llegó hasta allí por el poder
del Padre, las gotas de las mezclas empezaron a caer del cielo.
Y fue allí y entonces
cuando la vida comenzó a existir. Las gotas se hicieron más rápidas y una masa
informe tomó forma humana. Así vino a existir el grande y pesado gigante de
arcilla que se llamó Ymer. Tosco y desgarbado era Ymer y cuando se estiró y
comenzó a moverse fue torturado por los dolores producidos por un hambre feroz.
Así que salió ansioso en busca de comida, pero no había sustancia de la que él
pudiera comer. Los torbellinos le pasaban por encima y las oscuras nieblas le
rodeaban como un sudario. Más gotas cayeron de los lóbregos vapores, y luego se
formó una vaca gigante que se llamó Audhumala, “la vacía oscuridad”. Ymer la
contempló permaneciendo allí en la oscuridad junto a los bloques de hielo y
avanzó débilmente hacia ella. Maravillándose, descubrió que de sus ubres salían
cuatro regueros blancos de leche, y con ansia bebió y bebió hasta que se llenó
con las semillas de la vida y se vio satisfecho.
Entonces una gran
pesadez se vino sobre Ymer y se tumbó, cayendo en un profundo sueño libre de
pesadillas. El calor y la fuerza le poseyeron, y el sudor se concentró en el
sobaco de su brazo izquierdo del cual, por el poder del Padre, se formó un hijo
llamado Mimer y una hija llamada Bestla. De Mimer descendieron los dioses Vana.
Bajo los pies de Ymer salió un hijo monstruoso de seis cabezas, que fue el
antecesor de los gigantes malignos del hielo, el temido Hrimthusar. Entonces
Ymer despertó. En cuanto a Audhumala, la gran vaca, no tenía verdor del que
alimentarse y permaneciendo en el borde de la oscuridad encontró sustento
chupando constantemente los enormes cantos rodados que tenían incrustados sal y
escarcha. Durante el espacio de un día se alimentó de esa manera, hasta que
apareció el pelo de una gran cabeza. Al segundo día la vaca volvió a los cantos
rodados y, antes de que hubiera dejado de chupar, una cabeza humana quedó al
descubierto. Al tercer día una noble forma saltó. Estada dotada de gran belleza
y era ligera y poderosa. Recibió el nombre de Bure, y fue el primero de los
dioses Asa.
Con el tiempo surgieron
más seres gigantes, nobles y malvados dioses. Mimer, que es Mente y Memoria,
tuvo hijas, cuyo jefe fue Urd, la diosa de la fortuna y la reina de la vida y
de la muerte. Bure tuvo un hijo llamado Bor, que tomó por esposa a Bestla, la
hermana del prudente Mimer. Tres hijos nacieron de ellos: el primero se llamó
Odin (espíritu), el segundo Ve, cuyo otro nombre es Honer, y el tercero Vile,
también conocido como Lodur y Loke. Odin se convirtió en el principal jefe de
los dioses Asa, y Honer fue jefe de los Vans. Ymer y su maligno hijo desataron
su ira y enemistad contra la familia de los dioses y pronto estalló la guerra
entre ellos. En ninguno de los lados hubo una pronta victoria, y fieros
conflictos se libraron durante largos años antes de que la Tierra se formara.
Pero, al fin, los hijos de Bor vencieron sobre los enemigos y les hicieron retroceder.
Con el tiempo se
sucedieron grandes asesinatos, que disminuyeron el ejército de los gigantes
malignos hasta que solamente quedo uno. Fue entonces cuando los dioses
consiguieron su triunfo. Ymer cayó al suelo y los victoriosos saltaron sobre él
y le reventaron las latientes venas de su cuello. Un gran diluvio de sangre
salió de allí y toda la raza de los gigantes se ahogó excepto Bergelmer, el
anciano de la montaña, que con su mujer se refugió en los bosques del gran
molino del mundo. De éstos descienden los Jotuns, que por siempre guardaron
enemistad contra los dioses. El gran molino del mundo de los dioses estaba al
cuidado de Mundilfore. Nueve doncellas gigantes lo movían con gran violencia, y
el rechinar de las piedras hacía un clamor tan temible que no se podían oír ni
las más altas tempestades. El gran remolino es más grande que el mundo entero,
porque de él se hizo el gran molde de la Tierra.
Cuando Ymer murió los
dioses se reunieron en consejo y se dispusieron a dar forma al mundo. Colocaron
el cuerpo del gigante de arcilla sobre el molino y las doncellas lo ataron a
él. Las piedras estaban manchadas de sangre, y la carne oscura salió como
molde. Así se formó la Tierra y los dioses le dieron forma a su antojo. De los
huesos de Ymer se formaron las rocas y las montañas; sus dientes y mandíbula se
dividieron en dos, y cuando iban girando alrededor las doncellas del gigante
tiraron los fragmentos aquí y allí, y éstas formaron las piedras y los cantos
rodados. La sangre helada del gigante se convirtió en las aguas del vasto mar.
Pero las doncellas del gigante no cesaron su labor cuando el cuerpo de Ymer
estaba completamente machacado y la Tierra estaba formada y puesta en orden por
los dioses. Cuerpos de gigante tras gigante se fueron colocando en el molino,
que está situado tras el suelo del océano, y los restos de la carne son la
arena que siempre está lavada alrededor de las orillas del mundo.
Cuando las aguas son
lamidas por el rotante ojo de la piedra del molino se forma un temeroso
remolino y se producen los flujos y reflujos del mar cuando se dirige a
Hvergelmer, “la rugiente caldera”, en Nifelheim y es arrojado de nuevo hacia
delante. Los mismos cielos están formados para tambalearse por el gran molino
del mundo alrededor de Veraldar Nagli, “la punta del mundo”, que es la estrella
Polar. Después, cuando los dioses habían dado forma a la Tierra, colocaron la
calavera de Ymer para que fuera al cielo. En cada uno de los cuatro puntos
colocaron como centinelas a fuertes enanos del Este, Oeste, Norte y Sur. La
calavera de Ymer descansa sobre su anchos hombros. Pero todavía el Sol no
conocía su casa ni la Luna su poder, y las estrellas no tenían lugar donde
morar. Las estrellas son brillantes chispas de fuego colocadas desde el
Muspelheim por el gran golfo y están fijadas en el cielo por los dioses para
dar luz al mundo y brillo sobre el mar. A cada uno de estos copos de fuego
errante se asignaron un orden y movimiento, de forma que cada uno tiene su
lugar, tiempo y estación.
EL
MITO CHINO DE LA CREACIÓN
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Los cielos y la tierra
eran solamente uno y todo era caos. El Universo era como un enorme huevo negro,
que llevaba ren su interior a P’an-Ku. Tras 18.000 años P’an-Ku se despertó de
un largo sueño. Se sintió sofocado, por lo cual empuñó un hacha enorme y la
empleó para abrir el huevo. La luz, la parte clara, ascendió y formó los
cielos, la materia fría y turbia permaneció debajo para formar la tierra.
P’an-Ku se quedó en el medio, con su cabeza tocando el cielo y sus pies sobre
la tierra. La tierra y el cielo empezaron a crecer a razón de diez pies al día,
y P’an-Ku creció con ellos. Después de otros 18.000 años el cielo era más
grande y la tierra más gruesa; P’an-Ku permaneció entre ellos como un pilar
gigantesco, impidiendo que volviesen a estar unidos.
P’an-Ku falleció y
distintas partes de su organismo, se transformaron en elementos de nuestro
mundo. Su aliento se transformó en el viento y las nubes, su voz se convirtió
en el trueno. De su cuerpo, un ojo se transformó en el sol y el otro en la
luna. Su cuerpo y sus miembros, se convirtieron en cinco grandes montañas y de
su sangre se formó el agua. Sus venas se convirtieron en caminos de larga
extensión y sus músculos en fértiles campos. Las interminables estrellas del
cielo aparecieron de su pelo y su barba, y las flores y árboles se formaron a
partir de su piel y del fino vello de su cuerpo. Su médula se transformó en
jade y en perlas. Su sudor fluyó como la generosa lluvia y el dulce rocío que
alimenta a todas las cosas vivas de la tierra.
EL MITO TIBETANO DE LA
CREACIÓN
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En el principio era la
Vacuidad, un inmenso vacío sin causa y sin fin. De este gran vacío se levantaron
suaves remolinos de aire, que después de incontables eones se volvieron más
densos y pesados, formando el poderoso cetro doble rayo, el Dorje Gyatram. El Dorje Gyatram creó
las nubes, las cuales, a su vez, crearon la lluvia. Esta cayó durante muchos
años, hasta formar el océano primigenio, el Gyatso. Luego, todo quedó en calma,
tranquilo y silencioso, y el océano quedó límpido como un espejo. Poco a poco, les
vientos volvieron a soplar, agitando suavemente las aguas del océano,
batiéndolas hasta que una ligera espuma apareció en su superficie. Así como se
bate la nata para hacer mantequilla, del mismo modo las aguas del Gyatso fueron
batidas por el movimiento rítmico de los vientos para transformarlas en tierra. La tierra emergió como
una montaña, y alrededor de sus picos susurraba el viento, incansable, formando
una nube tras otra. De éstas cayó más lluvia, sólo que esta vez más fuerte y
cargada de sal, dando origen a los grandes océanos del universo. El centro del universo
es el Rirap Lhunpo (Sumeru), la gran montaña de cuatro caras hecha de piedras
preciosas y llena de cosas maravillosas. Existen ríos y arroyos en el Rirap
Lhunpo, y muchas clases de árboles, frutos y plantas, pues el Rirap Lhunpo es
especial, es la morada de los dioses y los semidioses.
En torno al Rirap
Lhunpo hay un gran lago, y rodeando a éste, un círculo de montañas de oro. Más
allá del círculo de montañas de oro hay otro lago, éste también rodeado por
montañas de oro, y así sucesivamente hasta siete Lagos y siete círculos de montañas
de oro y más allá del último círcculo de montañas se encuentra el lago Chi
Gyatso. En el Chi Gyatso es
donde se encuentran los cuatro mundos, cada uno de éstos semejante a una isla,
con su forma particular y sus habitantes distintos. El mundo del Este es el
Lu Phak, que tiene forma de media luna. Las gentes del Lu Phak viven quinientos
años y son pacíficas, no hay contiendas en el Lu Phak. Sus habitantes tienen
cuerpos gigantescos y caras en forma de media luna. No obstante, no son tan
afortunados como nosotros, pues no tienen ninguna religión para poder seguir. El mundo del Oeste se
llama Balang Cho y su forma es como la del sol. Como en el Lu Phak, las gentes
son de gran estatura y viven quinientos años, sólo que sus caras tienen forma
de sol y se dedican a la cría de diversas clases de ganado. La tierra del Norte es
de forma cuadrada y se llama Dra Mi Nyen. Las gentes de Dra Mi Nyen tienen
caras cuadradas y viven mil años o más. En Dra Mi Nyen la comida y las riquezas
son abundantes. Todo lo que un hombre necesita en sus mil años de vida lo
obtiene sin esfuerzo ni padecimiento; viven con lujo, sin carecer de nada. Pero
durante los siete últimos días de su vida, el dolor y el tormento anímicos acometen
a los seres de Dra Mi Nyen, pues entonces es cuando reciben una señal de que
están a punto de morir. Les visita una voz -una voz terrible- que les susurra
cómo morirán y qué monstruosos sufrimientos habrán de soportar en los infiernos
después de la muerte. En sus últimos siete días de vida, todas sus riquezas y
posesiones decaen y ellos experimentan mayor sufrimiento que nosotros en toda
una vida. Dra Mi Nyen se conoce como la “Tierra de la Voz Pavorosa”. Nuestro propio mundo,
en Ci Sur, se llama Dzambu Ling. Al comienzo, nuestro mundo estuvo habitado por
dioses de Rirap Lhunpo. No había dolor ni enfermedades, y los dioses nunca
necesitaban comida. Vivían en el contento, pasando sus días en profunda
meditación. No había necesidad de luz en Dzambu Ling, pues los dioses emitían
una luz pura de sus propios cuerpos.
Un día, uno de los
dioses reparó en que en la superficie de la tierra había una substancia cremosa
y, probándola, comprobó que era deliciosa al paladar y animó a los demás dioses
a probarla. Tanto les gustó a todos los dioses la cremosa substancia, que no
querían comer otra cosa, y cuanto más comían, más se reducían sus poderes. Ya
no fueron capaces de estar sentados en profunda meditación; la luz que antes
había brotado con tal resplandor de sus cuerpos empezó a apagarse poco a poco y
finalmente desapareció por completo. El mundo quedó sumido en tinieblas y 105
grandes dioses de Rirap Lhunpo se convirtieron en seres humanos. Entonces, en la
oscuridad de la noche, apareció en los cielos el sol, y cuando el sol se apagó,
la luna y las estrellas iluminaron el cielo y dieron luz al mundo. El sol, la
luna y las estrellas aparecieron a causa de las buenas acciones pasadas de los
dioses, y son para nosotros un recordatorio permanente de que nuestro mundo fue
una vez un lugar hermoso y tranquilo, libre de codicias, sufrimientos y dolor. Cuando la gente de
Dzambu Ling hubo agotado la provisión de la cremosa substancia, empezaron a
comer los frutos de la planta nyugu. Cada persona tenía su propia planta, que
producía un fruto corno los de las mieses, y cada día, cuando el fruto había
sido comido, aparecía otro; uno cada día, lo cual era suficiente para
satisfacer el hambre de los seres de Dzambu Ling.
Una mañana, un hombre
se despertó y descubrió que en vez de producir un solo fruto, su planta había
dado dos. Cayendo en la avidez, se comió los dos frutos; pero, al día
siguiente, su planta estaba vacía. Necesitando satisfacer su hambre, ese hombre
robó la planta de otro hombre y así fueron haciendo todos, pues cada persona
tuvo que robarle a otra para poder comer. Con el robo, llegó la codicia, y
todos, temiendo quedarse sin comer, empezaron a cultivar más y más plantas
nyugu, debiendo trabajar cada cual cada vez más para asegurarse de que tendría
bastante que comer. Cosas extrañas
empezaron a ocurrir en Dzambu Ling. Lo que había sido una tranquila morada de
los dioses de Rirap Lhunpo, estaba ahora lleno de hombres que conocían el robo
y la codicia. Un día, un hombre empezó a sentir malestar por sus genitales y se
los cortó, convirtiéndose así en una mujer. Esta mujer tuvo contacto con
hombres y pronto tuvo hijos, quienes a su vez tuvieron más hijos, y en poco
tiempo Dzambu Ling se lleno de gente, toda la cual tenía que procurarse comida
y un lugar donde vivir. Las gentes de Uzambu
Ling no vivían juntas en paz. Había muchas peleas y robos, y los hombres de
nuestro mundo empezaron a experimentar realmente auténtico sufrimiento, que
nacía del estado insatisfactorio en que se encontraban. La gente se dio cuenta
de que para sobrevivir tenían que organizarse. Todos se juntaron y decidieron
elegir un jefe, a quien llamaron Mang Kur, que significa “mucha gente lo hizo
rey”. Mang Kur enseñó al pueblo a vivir en una relativa armonía, cada cual en
una tierra propia en que construir una casa y cultivar alimentos.
Así es como nuestro
mundo llegó a ser, como, de dioses, nos convertimos en seres humanos sujetos a
la enfermedad, la vejez y la muerte. Cuando contemplamos el cielo nocturno, o
recibimos el cálido brillo del sol, deberíamos recordar que, de no ser por las
buenas acciones de los dioses de la preciosa montaña de Rirap Lhumpo,
viviríamos en una total oscuridad y que, de no ser por la codicia de una
persona, nuestro mundo no conocería el sufrimiento que hoy experimenta.
EL MITO AZTECA DE LA
CREACIÓN
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Los aztecas tienen como
dios principal a Tonacatecuhtli, quien tuvo por mujer a Tonacacihuatl (conocida
también como Xochiquetzal). Ellos se criaron en el decimotercer cielo, de cuyo
principio no se supo jamás. Engendraron a cuatro hijos. El mayor, Tezcatlipoca
rojo, llamado así porque nació colorado. Al segundo hijo lo nombraron
Tezcatlipoca negro, el peor de los tres porque fue el que más mandó y nació
negro en medio de todos los seres y cosas. Al tercero llamaron Quetzalcoatl,
conocido también como “Noche y viento”. Mientras que al último y más pequeño lo
llamaron Huitzilopochtli.
De los cuatros hijos de
la primera pareja, Tezcatlipoca negro era omnipresente, conocía todos los
pensamientos y los corazones; así es que lo llamaron Moyocoya, cuyo significado
es el de todopoderoso. Su hermano menor, Huitzilopochtli, nació sin carne, con
los huesos desnudos. Así se mantuvo durante los seiscientos años de quietud
entre los dioses, etapa en la que nada hicieron.
Pasado el largo
período, los cuatro hijos de Tonacatecuhtli se juntaron para ordenar lo que
habrían de hacer y la ley que tendrían. Convinieron en nombrar a Quetzalcoatl y
Huizilopochtli para que impartieran las órdenes. Entonces, por comisión y
parecer de los otros dos, hicieron el fuego, después medio sol que, como no
estaba entero, alumbraba poco y luego hicieron al hombre Oxomoco y a la mujer
llamada Cipactónal. Les dieron la orden de que no holgaran, sino que trabajaran
siempre. A él lo mandaron a labrar la tierra mientras ella hilaba y tejía.
Terminada su tarea con
los primeros hombres, los dioses hicieron los trescientos sesenta días del año
que dividieron en dieciocho meses de veinte días cada uno. Luego crearon a los
dioses que habitaron el infierno: al “Señor del Inframundo” y a su esposa, la
“Señora del Inframundo”.Les llegó la hora de crear los cielos y comenzaron por
el más alto, desde el decimotercero para abajo para continuar con la creación
del agua. La tierra fue creada por los dioses Quetzalcoalt y Tezcatlipoca,
quienes bajaron a tierra a la diosa del cielo. Ella tenía las articulaciones
completamente cubiertas de ojos y bocas con las que mordía como una bestia
salvaje. Antes de que la bajaran había agua (que nadie sabe quién creó) sobre
la cual la diosa caminaba. Cuando vieron esto, los dioses se dijeron: “Es
necesario hacer la tierra”, y diciendo esto se convirtieron los dos en grandes
serpientes. Transformados, una de las serpientes agarró a la diosa de la mano
derecha y el pie izquierdo y la otra de la mano izquierda y el pie derecho,
tiraron tanto que la partieron por la mitad. Con la parte de atrás de los
hombros hicieron la tierra, y la otra mitad la llevaron al cielo. Los otros dioses se
enteraron y se enojaron mucho, entonces para recompensar a la diosa de la
tierra por el daño que le habían hecho, los dioses descendieron todos del cielo
y ordenaron que de ella salieran los frutos necesarios para la vida de los
hombres: de sus cabellos hicieron los árboles y flores, de su piel las pequeñas
hierbas y flores, de los ojos hicieron los pozos, las fuentes y las pequeñas
cavernas, de la boca los ríos y grandes cavernas mientras que de los agujeros
de la nariz y de los hombros, los valles de las montañas y las montañas mismas
respectivamente.
LA CREACIÓN SEGÚN EL
POPOL VUH (MAYAS).
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Ésta es la relación de
cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil,
callado, y vacía la extensión del cielo. Ésta es la primera
relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros,
peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo
el cielo existía. No se manifestaba la
faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se
agitara, ni hiciera ruido en el cielo. No había nada que estuviera en pie; sólo
el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de
existencia. Solamente había
inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el
Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de
claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules. Llegó aquí entonces la
palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y
hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y
meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera
debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los
árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la en ación del hombre. Se
dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se
llama Huracán.
El primero se llama
Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El tercero es Raxa-Caculhá. Y
estos tres son el Corazón del Cielo. Entonces vinieron
juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron sobre la vida y la claridad,
cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento
y el sustento. -¡Hágase así! ¡Que se
llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la
tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en
la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta
que exista la criatura humana, el hombre formado. Así dijeron. Luego la tierra fue
creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la creación de la tierra: – ¡Tierra!, dijeron, y
al instante fue hecha.
Como la neblina, como
la nube y como una polvareda fue la creación, cuando surgieron del agua las
montañas; y al instante crecieron las montañas. Solamente por un
prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación de las montañas y los
valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y pinares en la
superficie.
Y así se llenó de
alegría Gucumatz, diciendo:
-¡Buena ha sido tu
venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chípi-Caculhá, Raxa-Caculhá!
-Nuestra obra, nuestra
creación será terminada, contestaron.
Primero se formaron la
tierra, las montañas y los valles; se dividieron las corrientes de agua, los
arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron
separadas cuando aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación de
la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la
Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo
estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua..
De esta manera se
perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su
feliz terminación. Luego hicieron a los
animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de
la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras,
cantiles (víboras), guardianes de los bejucos.
Y dijeron los
Progenitores: -¿Sólo silencio e
inmovilidad habrá bajo los árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo
haya quien los guarde.
Así dijeron cuando
meditaron y hablaron enseguida. Al punto fueron creados los venados y la aves.
En seguida les repartieron sus moradas los venados y a las aves:
-Tú, venado, dormirás
en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre
las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os
tendréis. Y así como se dijo, así se hizo. Luego designaron
también su morada a los pájaros pequeños y a las aves mayores:
-Vosotros, pájaros,
habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os
multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los
bejucos. Así les fue dicho a los venados y a los pájaros para que hicieran lo
que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y sus nidos. De esta manera los
Progenitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra.
Y estando terminada la
creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y
pájaros por el Creador y Formador y los Progenitores:
-Hablad, gritad,
gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de
cada uno. Así les fue dicho a los venados, los pájaros, leones, tigres y
serpientes.
-Decid, pues, nuestros
nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a
Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la
Tierra el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, ínvocadnos,
adoradnos!, les dijeron.
Pero no se pudo
conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y
graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de
manera diferente.
Cuando el Creador y el
Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí:
-No ha sido posible que
ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no
está bien, dijeron entre sí los Progenitores. Entonces se les dijo:
-Seréis cambiados
porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro
alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis,
serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos
adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros seres
que sean obedientes. Vosotros, aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán
trituradas. Así será. Ésta será vuestra suerte. Así dijeron cuando hicieron
saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la
tierra.
Así, pues, hubo que
hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el
Formador y los Progenitores.
-¡A probar otra vez! Ya
se acercan el amanecer y la aurora; ¡hagamos al que nos sustentará y
alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados para ser recordados sobre la
tierra? Ya hemos probado con nuestras primeras obras, nuestras primeras
criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y venerados por ellos.
Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y
alimenten. De este modo hicieron a los seres humanos.
MITO CRISTIANO DE LA
CREACIÓN
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| imagen tomada de google.com |
En el principio creó
Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por
encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
Dijo Dios: «Haya luz»,
y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la
oscuridad; y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y
atardeció y amaneció: día primero. Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio
de las aguas, que las aparte unas de otras.» E hizo Dios el firmamento; y
apartó las aguas de por debajo del firmamento de las aguas de por encima del
firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento «cielo». Y atardeció y
amaneció: día segundo. Dijo Dios: «Acumúlense
las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo
seco»; y así fue. Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas
lo llamó «mar»; y vio Dios que estaba bien.
Dijo Dios: «Produzca la
tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto
según su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra.» Y así fue. La tierra
produjo vegetación: hierbas que dan semilla según sus especies, y árboles que
dan fruto con la semilla dentro según sus especies; y vio Dios que estaban
bien. Y atardeció y amaneció: día tercero.
Dijo Dios: «Haya
luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y sirvan de
señales para solemnidades, días y años; y sirvan de luceros en el firmamento
celeste para alumbrar sobre la tierra.» Y así fue. Hizo Dios los dos luceros
mayores; el lucero grande para regir el día, y el lucero pequeño para regir la
noche, y las estrellas; y los puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar
la tierra, y para regir el día y la noche, y para apartar la luz de la
oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y atardeció y amaneció: día cuarto. Dijo Dios: «Bullan las
aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra frente al
firmamento celeste.» Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal
viviente que repta y que hacen bullir las aguas según sus especies, y todas las
aves aladas según sus especies; y vio Dios que estaba bien; y los bendijo Dios
diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas de los mares, y las
aves crezcan en la tierra.» Y atardeció y amaneció: día quinto.
Dijo Dios: «Produzca la
tierra animales vivientes según su especie: bestias, reptiles y alimañas
terrestres según su especie.» Y así fue. Hizo Dios las alimañas terrestres
según especie, y las bestias según especie, y los reptiles del suelo según su
especie: y vio Dios que estaba bien.
Y dijo Dios: «Hagamos
al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces
del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas
terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra.
Creó, pues, Dios al ser
humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.
Y los bendijo Dios con
estas palabras: «Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla;
mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta
sobre la tierra.»
Dijo Dios: «Ved que os
he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, así
como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento.
“Y a todo animal
terrestre, y a toda ave del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo
ser animado de vida, les doy la hierba verde como alimento.” Y así fue. Vio
Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día
sexto.
Concluyéronse, pues, el
cielo y la tierra y todo su aparato, y dio por concluida Dios en el séptimo día
la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que
hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios
de toda la obra creadora que Dios había hecho. Ésos fueron los orígenes
del cielo y la tierra, cuando fueron creados.
Textos tomados de:
http://www.monografias.com
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